lunes, 4 de enero de 2016

Una vez tuve gracia en Facebook

Dada mi escasa autoestima actual, comprenderán que, para una participación que tuvo unos cincuenta deditos hacia arriba, me recree en la jugada. Fue en un grupo de filólogos, y me parece un poco excesivo repetirme por el cara-libro para celebrarlo. Por ello, la tomo con mis escasos lectores de aquí:

PROMETO QUE LOS HECHOS EN QUE SE BASA ESTE TRUÑO SON RIGUROSAMENTE CIERTOS Y DE MI PROPIA EXPERIENCIA.
Cuando se llega a ese punto de no retorno en que los angelitos me dicen que para qué la ortografía, y dado que el asesinato no es opción, suelo responder: "para nada". "Por ejemplo, ¿qué necesidad hay de saber escribir bien si vas a vender tornillos en una ferretería?". Y empieza mi relato:
Hay en mi barrio (solo saben que no vivo en su localidad) una ferretería, y, un domingo, me encontré con una bombilla un poco rara, que tenía un cartel: "ANTI INCESTO". Total, se entiende, ¿no? (procuro dialectalizar la expresión más allá de la cuenta para que cuele). Más de una vez estuve a punto de entrar en la tienda a advertir al dueño del error de ortografía, pero siempre se me pasaba. El caso es que, pasados un par de meses, descubrí que el cartel estaba sobreescrito, apretando con rabia el rotulador: "ANTI-INSECTOS" (no hay pizarra digital que reproduzca el sonido de la tiza para dar un toque dramático al asunto). ¿Por qué estaba tan enfadado el tipo este? Me miráis en el diccionario la palabra que parece mal escrita, y, a quien me lo cuente medio bien redactado, lo recordaré en mi testamento (ya saben que algo cae). Y no recurro a proyectar la web de la Academia, porque ya se sabe que determinados contenidos mejor macerarlos en el morbo de las conversaciones adolescentes. Al día siguiente, recojo las cuatro o cinco cuartillas (el resto se ha enterado por los tres o cuatro), y retomo la cuestión, recreándome si por casualidad les da por rehuir la definición en román paladino, es más, espero hasta que el carota le suelte la versión salvaje al alma cándida que todavía no lo ha pillado, ni lo preguntó en la entrada al instituto.
Luego llega la parte del sermón: "la ortografía sirve para que no se chotee de ti durante dos meses una barriada entera, de 20000 habitantes, por una palabra que tampoco conocía casi nadie, pero que alguien se encargó de ventilar, porque no hay cosa que más le guste a alguien que los defectos ajenos, aunque los propios sean los mismos".
Por si a alguien le sirve, quiere darle vida como propia, o le sirve de pista para otras similitudes más de acuerdo con sus circunstancias dialectales.

Queridos y escasos lectores, disculpen el excurso.

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Francamente, si ha captado la facilidad con que mi ánimo se encrespa, imagino que entenderá que modere comentarios. Aunque año y pico de una experiencia anterior no me ha obligado a censurar ninguno, nunca se sabe.