Me llevo varias lecciones a mi nuevo instituto, ya en mi ciudad:
- La primera es que, por muy cansado que te encuentres, no aplaces una sola tarea para cuando tengas buen cuerpo y la puedas hacer en condiciones, porque el buen cuerpo no va a llegar, la postergación aumenta devastadoramente la corrosiva culpabilidad, y, además de seguir haciendo una chapuza, vas a aumentar el número de errores con la prisa. Años tiene la vida para pulir algo, eso si merece la pena pulirlo.
- La segunda: no pidas disculpas en clase, salvo por toser. En todo caso, al que se lo merezca, en privado. Corren malos tiempos para la profesión, y todo lo que digas va a ser utilizado en tu contra, obviando, por supuesto, que te has disculpado. No es que me haya vuelto un cínico, sino que tocan tiempos de hibernar el caballero que uno llevaba por delante.
- Tercera: no esperes que nadie te reconozca nada. De agradecer, ya se sabe que nunca, pero ni reconocer. No estoy hablando de la ingratitud adolescente, que eso es característica propia de la edad, y, salvo cuando se enquista y tuerce, tiene consecuencias saludables en un futuro que no te toca a ti ver. A pesar de que nunca se ha manoseado tanto como ahora la palabra "compañero", lo único que te encuentras en la sala de profesores son colegas, en el sentido irónico (recuérdenme que cuente el chiste sobre el tema) del término. Dentro de la sala, sí que es cierto, podré encontrar, según la suerte que tenga, aliados, complices, conocidos cordiales y hasta amigos. En esto último, he tenido en estos dieciséis años una suerte loca, y no sé si se va a repetir, porque, como no pienso dejar de callarme mi trastorno, lo mismo nadie lo intenta. Solamente he experimentado verdadero reconocimiento, no contaminado de exageraciones de amistad, en aquellos que, además me han mostrado su cariño. Y lo mismo con algo todavía más necesario: solamente me han criticado, en la cara, y en distintos tonos, pero con final constructivo, ellos mismos, me han ayudado a echar el freno o me han hecho ver derivas que mi obcecación convertía a mis ojos en virtud. Porque no estoy hablando de alabar o no, me estoy refiriendo a recibir la noticia, viva (y afectiva) de que existo como ser que hace algo. Ya repito, y no me cansaré, que la cantidad y calidad de gente con quien he tenido contacto de esa cercanía han resultado de privilegio.
- Cuarta: en tu nuevo destino puede que no se te permita el lujo que te has tomado este año de, en momentos de malestar profundo, disparar a todo lo que se mueve. Complementariamente, no te envuelvas afectivamente en guerras que ni puedes ganar ni vas a conseguir nada por aquello que pretendes salvar.
- Quinta: además de sus indudables valores psíquicos y espirituales, el silencio es una virtud táctica.
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Francamente, si ha captado la facilidad con que mi ánimo se encrespa, imagino que entenderá que modere comentarios. Aunque año y pico de una experiencia anterior no me ha obligado a censurar ninguno, nunca se sabe.