Perdona, Diego, que empiece enrollándome sobre los considerandos generales, pero ya estás en un lugar donde hay muy buena compañía y desde el que me entiendes.
Me ha ofrecido el cara-libro uno de los impecables exabruptos de mi vitriólico y admirado-odiado-no-sé-cómo-definirlo Pérez Reverte, y es el primer grito que necesitaba, y lo suelto. Por cierto, perdón a las putas, que no a la aplicación a los progenitores que tan hábiles abogados han puesto para "salvar" a sus hijas. Cierto que ellas no matarán a otra niña (espero), pero, saliendo tan barato el asunto, están contribuyendo a la impunidad con que se siente la generación de la que estamos hablando.
Dicen por ahí que en Santa Finlandia solucionaron el problema de Diego, y no voy a discutir sobre ello. Pero...
El programa finés contra el acoso escolar tiene una grave pega para la adaptación a esta España de charanga y pandereta, devota de Belén Esteban y Jorge Javier Vázquez. La moral calvinista que impregna los huesos del ahora casi ateo país ("oficialmente" ya lo ha conseguido por estadística Islandia) hace que la consideración de tolerancia con cualquier desvergüenza implique bajeza moral. Y la conciencia de bajeza moral, dado que antaño llevaba al infierno, ahora lleva a los índices de alcoholismo y suicidio que sufre la fría tierra de los bosques. El que la repudia, automáticamente entra en el colectivo de los predestinados a la salvación del alma, ahora a la ejemplaridad ciudadana. Por tanto, con recursos (no una charlita de cuarenta y cinco minutos, y tres pósters por los pasillos, que con el generalizado pitorreo y distracción ni se escucha la una ni se miran los otros, que aquí los comedores escolares no tienen semáforo antirruido), un programa que "desprivatiza" el acoso y lo pasa al ámbito de la moral pública, no reúne chivatos, sino salvadores de la moral público-privada (de difícil deslinde allí).
En Japón, por razones distintas a las del nórdico país de los bosques, también pasaría algo parecido. Me comentaban de una japonesa, afincada en estas Batuecas durante un largo tiempo, que se había enamorado de esta tierra, que le costaba digerir algunas cuestiones allí dadas por sentadas, pero que lo que no terminaba de encajar, por más que lo intentaba, este espíritu de "omertá" que pulula por aquí. En el complejo y contradictorio País del Sol Naciente, el sinvergüenza, aparte de ser considerado un ser despreciable, si se evadía de la autoridad, manchaba el honor de la clase, con lo que el denunciante o denunciantes solamente eran colaboradores de la salvación del honor de la clase. La presión de la clase no era agresiva, sino mucho peor: te ignoramos, quisiéramos que no estuvieras aquí, no eres de los nuestros. En cuyo caso solo hay que trabajar con que acosar a otro alumno es una forma de deshonor muy superior a cualquier falta de honor que implique acoso.
Ahora explíquenme cómo se aplica un programa de concienciación en la tierra de Rinconete y Cortadillo, donde ser ladrón estaba bien, mientras se entregara la limosna correspondiente en la casa de Monipodio, y no se fuera hereje (ortodoxia, no ortopraxis). Que esta es la España donde se mira para otro lado si el ladrón es de los nuestros, y la poca conciencia de daño público que queda se emplea en hacer más virulenta la diatriba cuando roban "los otros". Donde "chivato" es el chaval que se queja de que su compañero le está taladrando la mano con el compás solamente por aburrimiento... y pretenderemos concienciar... Estoy harto, hartísimo de malos tratos confesados por padres (madres, sobre todo), y de que los vecinos no escupan por la calle al maltratador. Estoy harto, hartísimo de chulos de mierda desde la preadolescencia que, cuando hay que sancionar, te encuentras con un coro en TODOS LOS ESTAMENTOS DE LA ENSEÑANZA que empiezan con diversas interpretaciones de la partitura de "son cosas de chiquillos". Que el menos malo de los desenlaces sea un castiguito, o una expulsión o semiexpulsión que les resulte un premio, a modo de vacaciones, porque no se les puede obligar de forma práctica a cumplir las tareas complementarias obligatorias, ni a reparar la falta. No se reparan las faltas.
Lo más suave para el profesor puede ser que quede encerrado en una montaña de papeles que rellenar y justificar,siempre bajo la presión de que le puedan encontrar un defecto de forma o una expresión no totalmente clara que le "haga perder la jugada", para risa del implicado y sus amiguete son,que esas desautorizaciones se notan de inmediato: a los cinco minutos ya piensa el instituto entero que tu autoridad importa un pimiento. Naturalmente, quedan las maravillosas conversaciones con papás o mamás asesorados por el listillo de turno, donde lo más suave es ser desmentido e ignorado: luego vienen las acusaciones, las voces, e incluso las amenazas.
No, no era este pobre Diego alumno mío hasta hoy, que ya lo es. Doy por bien empleadas las horas de MI TIEMPO (porque esas montañas de informes se comen el que debiera dedicar a otras cosas, que a su vez se me lo comen del sueño), cuando he conseguido, a veces no del todo reglamentariamente, frenar o atenuar algún caso. Pero por el bien de esos Diegos-persona, no por el de alumnos a los que me ponen trabas para proteger.
Cuando el papanatas de turno escriba una circular ordenando que incorporemos a la larga lista de gilipolleces (bienintencionadas todas, pero inconexas y con casos de una estupidez de fabricación de materiales sonrojante para instancias académicas) que hemos de incorporar tres sesiones de catequesis Ripalda con una proyección a unos programas docentes que, por repetitivos, desorganizados y mal ubicados sobrecargan a todo buen estudiante de Primaria o Secundaria (el que no palo al agua, pasa igual de curso), puede que me encuentre un poco más borde esta vez.
El panfilismo de tantas fichas y cartelitos que viste, dibujaste, colgaron en tus clases, te hicieron copiar, esos Días de La Paz en que tu clase escribió frases preciosas en rollos de papel continuo blanco, esas manitas blancas que recortaste y te hicieron pegar... te ha matado también, por encubrimiento y omisión.
Yo también, lo confieso, he sido tu asesino. Porque no he pegado un puñetazo en las mesas de coordinación, porque no era suficiente mi lucha por el respeto, porque debí decirle a la cara a los perroflautas con corbata que, o imponían programas de reeducación drásticos para niños y padres irrespetuosos, o nos dejaran las manos libres para que el primer insulto no saliera gratis en este sistema educativo pseudopaidocrático en que acaba ganando el infante más bestia.
Te he fallado. Me ha ganado, en un cierto porcentaje de veces, el cansancio o el miedo a consecuencias laborales.
Perdóname desde ese cielo en que El Padre te estará acariciando, y a cada caricia te está quitando un golpe recibido, un insulto que te rasgó el corazón. Junto con los besos que les envías a tus padres, envía abrazo a este profesor que podía haber hecho más con esos otros Diegos con que se ha tropezado y se tropezará.
Pídele al Padre que ningún gilipollas religiosamente desinformado saque de madre la teología del suicidio y les meta en la cabeza a tus pobres padres cosas que repugnan a la recta doctrina. Para que entiendan que Dios tiene muy claro que un niño maltratado y exasperado no tiene la obligación de saberse el procedimiento burocrático de denuncias y protocolos concretos y ha optado, desde la inocencia de sus once años por un cambio brusco de Centro Educativo.
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Francamente, si ha captado la facilidad con que mi ánimo se encrespa, imagino que entenderá que modere comentarios. Aunque año y pico de una experiencia anterior no me ha obligado a censurar ninguno, nunca se sabe.