lunes, 4 de enero de 2016

Información oficial

Acabo de saber que, al menos en principio, me traslado a trabajar en la ciudad. De hecho, pudiera ser que se acabara para siempre el coche matutino, si, en un par de meses, se confirman los detalles. Podría ser hasta hora y media diaria laboral menos, y además, después de la bromita del año pasado, hora y media de bastante tensión, por tranquilo, relativamente lento y sereno que me sienta. El cuerpo no me miente, y de hecho es el único motivo por el que acepto el traslado. Ni me hace gracia abandonar lo que tengo actualmente entre trabajo y compañeros, ni adaptarme a circunstancias muy diferentes, ni mejores ni peores, pero que no he catado en mi vida.

Ya el año pasado pareció que ocurría lo mismo, pero en este caso las posibilidades eran mucho menores, y una solemne estupidez ajena (que me asombró, pero no decepcionó) cambió el curso de la historia. Ahora la cosa es bastante más seria.

La experiencia del año pasado fue que, como parecía bastante claro el cambio, quise irme despegando de los quince años afectivos que llevaba en mi actual lugar, ir relativizando, etc. Y tanto desapego profiláctico me perjudicó. No me decepcionó la frustración del traslado, pero algo quedó flotando entre la niebla de mi cerebro, que, junto con el criminal cese del equipo directivo y el terremoto que le sucedió me ha hecho imposible conservar la inocencia de mi adhesión a todo aquello.

De entrada, me he propuesto bloquear los sentimientos al respecto, hasta que sea definitivo, negro sobre blanco. Y después... para después tengo que inventar algo, porque el desapego no resultó más que puro desgaste.

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Francamente, si ha captado la facilidad con que mi ánimo se encrespa, imagino que entenderá que modere comentarios. Aunque año y pico de una experiencia anterior no me ha obligado a censurar ninguno, nunca se sabe.