A mucha gente sorprende que un tipo con mi trayectoria académica (de quinto orden, quede claro) no haya escrito una sola crítica literaria. No se me ha ocurrido nunca redactar una comunicación (un paper, que ahora se lleva decir en los periódicos), ni intentar un artículo sobre un texto/autor concretos. Ello se debe a varias razones. La primera, porque, sencillamente, para eso hay que saber Literatura, y no sé. Las elucubraciones teóricas son otra cosa, a pesar de que la casi totalidad de teóricos algo (o mucho) ha escrito de crítica. Pero ellos saben. La otra razón, que ya sobra, vista la primera, es que me da dentera la parafernalia retórica que adorna un texto crítico.
Aquí, donde nadie se va a reír de mí, porque para eso los comentarios están moderados y la experiencia ha sido que todos han sido comprendidos, rompo mi costumbre y sí voy a dejar un par de ideas que me han venido a la cabeza. Si son acertadas busquen por ahí, que seguro que alguien ha escrito sobre el tema. Si no, ya pueden darlas por insensatas.
Antes de hablar de la que me ha ocupado el coco, me ha venido una vieja chorrada que pensé en su momento que, o es un disparate o la han dicho mil críticos: ¿he hablado ya de lo mucho que elucubro y de lo poco que leo?. La chorrada es la siguiente. La tradición parda ha ido poniendo a Hamlet como el prototipo del hombre que duda. Bueno. Pero, desde mi antepenúltima lectura de la obra, me planteo si esta duda no es más que un escudo de defensa para evitar reconocer un problema edípico: Hamlet sabe, o al menos intuye, desde el principio, que su madre asesinó a su padre. Al tener la visión, junto a Horacio, del padre, recibe la orden (del padre opresor) de vengarlo. Pero, para vengarlo, tiene que reconocer que su madre es una asesina, con lo cual se rompe el vínculo de apego. Y todas las dudas, todas las estratagemas, que hacen tan brillante su discurso no son más que dilaciones para evitar asumir conscientemente esa verdad que sabe.
Ya me he pasado de largo. Posteo largo, dice mi gran amigo, bloguero de fuste y buen escritor, que, salvo el paréntesis amargo de este mes, está pasando una etapa dulce en la que se le está reconociendo su amplio y bien ordenado saber y su capacidad de dedicación. Poco remedio tiene ya, así que interrumpa el lector cuando guste.
Lo siguiente, se me ocurrió rememorando un cotilleo sobre Mario Vargas Llosa. Comparto con él el gusto, desde adolescente, por las señoras mayores y casadas. Teniendo treinta y pocos, en el centro donde trabajaba, pasó una señora relativamente joven, y comenté a mis compañeros: "será una señora estupenda (gracias Antonio Mingote, por enseñarme el término) cuando cumpla 50". Y es curioso, porque, puesto ese jalón, no me muevo de él. Lo peligroso será que, ahora que me voy aproximando a una cincuentena que no asumo, sigo teniendo el mismo punto de mira, de donde se colige que voy a acabar siendo un viejo verde, si la Parca no me soluciona el problema por la vía rápida.
Evidentemente, entran en liza tanto La tía Julia (sin escribidor, que me gusta más esa subnovela), el Elogio de la madrastra y su secuela, desafortunada y espuria para mi gusto, Cuadernos de don Rigoberto. Y es que se me ha ocurrido a mí solito (cuando lo lean por ahí, sepan que me han copiado la idea, aunque el texto date de los ochenta o los noventa).
El problema es el siguiente: Fonchito y don Rigoberto no aman por la misma razón. El segundo busca el placer, exclusivamente. Es un auténtico narcisista, dedicado a su cuerpo y para el que el placer no es más que un aditamento para el disfrute de sí mismo. Puro hedonismo y autocomplacencia.
Fonchito es otra cosa. Fonchito es el deseo, la curiosidad, el salir más allá de sí mismo... quizá para llegar a sí mismo: resolver su pulsión insatisfecha. Por supuesto, sin parar en la licitud de los medios, sin barreras morales, sin respeto por el otro... Sería comodísimo tirar de los tópicos (ciertos, pero manidos) de las circunstancias amatorias de D. Mario. Pero Fonchito no llega mucho más allá de donde llegaría el adolescente que rebusca películas pornográficas en la red y se masturba pensando en una mujer que desea.
Pero lo que nos encontramos aquí bien podría ser una visión de la bifrontalidad de la experiencia sexual egoísta. No hay relación sexual psicológica en ninguno de los casos. En ambos, solo la "alimentación" de uno mismo. Dado que todos son personajes de papel, no hay que contaminar de compasión ni de simpatía el análisis de los personajes. Como motivo de reflexión sobre lo sexual, tan incompleto el uno como el otro, y ambos exentos de la capacidad de amar físicamente. Como alguien que aprecio tiene de muletilla intelectual, carecen de sentimiento de alteridad.
¿Y Lucrecia? Ciertamente es la gran perdedora de todo el juego, tanto en la novela inicial como en la secuela. Ella solamente, en lo que a sexo físico se refiere, pues el tema no da para más, quiere ser, ante todo, deseada. El narcisismo higiénico de don Rigoberto lo ha interpretado Lucrecia como dedicación hacia ella, aunque no hay tal, y a ir descubriendo esto, va dejando caer, poco a poco, las barreras ante la pulsión de Fonchito. Ser deseada, aunque solo sea por un tiempo corto, como ya pidiera la Tía Julia. El placer surge de ser objeto de deseo, en esa perspectiva. Por cierto, que, en la vida real, se da ese tipo de conducta tanto en mujeres como en hombres, apaguemos las antorchas de los radicalismos de sexo.
Una pulsión sexual aceptable, probablemente, sea aquella en la que estas tres facetas estén unidas, junto a una cuarta que no encuentro en ninguna parte de las novelas, ni falta que hace, que para eso estamos hablando de literatura: la conciencia de que los que se entrelazan son dos seres humanos.
Bueno, pues ya está dicha la tontería, así que disfruten de lo que hay más allá de la pantalla. Si hay algo de cierto en lo que he dicho, seguro que lo encuentran en alguno de los miles de ensayos sobre el autor. Lo he escrito porque, lo mismo que existía en tiempos la llamada "física recreativa", con sus poleas, sus vasos comunicantes, etc., me dedico a especular en "crítica recreativa". No se asusten, no pienso escribir muchos posts de este pelaje. Ha sido solo un impulso para no pensar en la que me está cayendo encima. Ni siquiera tengo intención de aplicar este disparate conceptual al análisis de mi muerte sexual.
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Francamente, si ha captado la facilidad con que mi ánimo se encrespa, imagino que entenderá que modere comentarios. Aunque año y pico de una experiencia anterior no me ha obligado a censurar ninguno, nunca se sabe.