El título no es un sentimiento, sino una metáfora de lo que estoy haciendo. Cumpliendo órdenes, que para eso al Administración Pública es peor que el lado oscuro del ejército, estoy comportándome como aquellos judíos que, en los campos de exterminio, abrían y cerraban las cámaras de gas.
No voy a quejarme de quienes tienen el poder y podían hacer las cosas de forma diferente, pasando por una vez de titulares peridísticos.
He aterrizado en eso que ahora llaman "centros bilingües", en esta España de charanga y pandereta, donde cada nueva legislación educativa hace mejor a la que la antecede, y sus desarrollos son cada vez más chapuceros. Me ha tocado dar clase a dos cursos de doce años.
De uno de ellos, soy tutor. Como el azar es tan caprichoso, me ha caído, ser tutor de un curso cuya distribución de asignaturas (por supuesto, "por necesidades organizativas") lo hace de buen trato, bilingüe, con chicos de todos los colores, cierto, pero con los que se puede trabajar, y cuatro o cinco casos de gente excepcional que, entre su buen entorno familiar y, si no se les cruzan los cables como al retoño superior, darán gente de primera. Captan cada frase en que sugiero una reflexión ampliatoria, y de alguna de ellas, sus propias inquietudes los harán crecer hasta hacerse una cultura. Pero, vamos, que eso mismo lograrían con una buena cadena de documentales, una lista de recursos en la Red y el profe de guardia de la desmirriada biblioteca de mi rico centro (que tiene narices) para echarles un cable. Básicamente creo que estamos distrayéndolos seis horas al día, de la que quizá sumen dos o tres de alguna utilidad. El resto, una gradación a la que aportamos los instrumentos necesarios para funcionar como alumnos en un sistema que solo sirve para producir titulados en absolutamente nada.
Del otro, soy profesor de Lengua más una combinación de extras. Es el grupo no-bilingüe. Imposibilitados para progresar, al menos que encima no se vean recibiendo clase en una lengua todavía más extranjera de la que escuchan en sus clases en español semiformal.
[El año que viene se arregla, me dicen, porque todas las líneas serán bilingües: en lugar de un muro que parte Berlín, muros que hagan islas de incomprensión profunda en cada grupo].
¿Qué hay este año en ese grupo? La mitad de repetidores. No de alumnos que no han dado la talla y necesitan una pasada de nuevo, no: refractarios, algunos objetores. Otros, venidos de los centros de procedencia, con una historia desconocida, por tres factores. El primero es que traen notas falsificadas por presiones superiores (un inspector cipayo -suponiendo que actualmente quede alguno que no lo sea-, hizo una vez un cuadro con el número de suspensos en Primaria y en Secundaria, donde se veía un subidón de suspensos con el cambio de etapa, y desde entonces no hay curso donde el perroflauta formador no zampe la dichosa diapositiva y las insinuaciones tan evidentes como falsas e intelectualmente vergonzosas sobre que el problema es que los dinosaurios de Secundaria disfrutamos suspendiendo e impidiendo que progresen).
El segundo: esos niños están matriculados desde junio, pero todavía no han llegado los informes completos sobre ellos (total, para qué). Unas migajas van llegando, pero las historias y los malos rollos llegarán tres meses más tarde de poder empezar a poner remedio. Aparte de que, cuando lleguen los informes, si me molesto en mirar alguno que me diga lo que ya he aprendido tarde, a base de meter la pata con cada chaval concreto, ya me espero "la frase" que, con ligeras variantes, y que no se corresponde con su traducción técnica ortodoxa: "La criatura no alcanza los contenidos/niveles necesarios, pero se espera que su llegada al instituto lo haga madurar apropiadamente". La traducción que nadie hace en voz alta es: "razones legales u órdenes de arriba nos impiden que ampliemos plazas en el cole para repeticiones o apoyos para ellos, así que ahí os los mandamos".
De la migajas que van llegando, estamos enterándonos de alumnos con discapacidades no diagnosticadas, a pesar de existir Equipos de Orientación, o bien que han dejado de existir, a golpe de normativa, en el catálogo de atención especial, para evitar que se generen necesidades de apoyo y no aumentar la plantilla de profesorado de Pedagogia Terapéutica. Otras son historias de entornos sociofamiliares que parecen de película de miedo, o de extracciones socioculturales que, junto a la baja formación de los mayores, unen un desprecio casi absoluto de los clanes por las posibilidades del sistema escolar como vehículo de promoción social. Otros, sencillamente, no aprendieron (no voy a entrar en los motivos) y ahora es tarde para aprender sin rehabilitación.
La inmensa mayoría de ellos no tienen exactamente problemas de disciplina: lo suyo es una incompetencia social tan profunda que, cuando se enfrenten al mundo oficial, no van a saber por qué reciben palos por todas partes, y solo van a aprender a convivir con la sumisión al poder de los más fuertes (físicamente, por dinero, o por mecanismos de autoridad). Aprender a palos, como ya ni se adiestra a los perros, si uno quiere eficacia. Y para consolarse, su poquito de violencia gratuita cuando les dejen expansionarse, su Mediaset, el alcohol o las drogas que permita el poder.
En pocas palabras: de treinta adolescentes, solo cuatro o cinco que tienen posibilidades de aprender, cubrir lagunas anteriores y avanzar un poco. Posibilidades que desaparecen por la sencilla razón de que los otros veinticinco, sin culpa, con culpa, e intermedios, viven sumergidos en tal rabia y hostilidad en esta cárcel donde hablamos una lengua extraña a ellos y les exigimos comportamientos que están fuera de su comprensión. Ejemplo: empezando el curso, en mi nunca bien ponderada autosuficiencia y soberbia, les hablé de la necesidad de adquirir unos comportamientos y habilidades básicas, para aprender a defenderse en la calle. Me llevé mi merecido: "en la calle no se habla como tú, se habla como yo hablo". Tocado y hundido. Manolete, si todavía no has sacado conclusiones de tus viejas lecturas de Bernstein, pa qué te metes.
Ahora, metido en este fregado, toca... gestionar el fracaso. Hasta "gestionar" es aquí un eufemismo. El asunto es que hay que pasar el año como sea. Quizá debiera haber llamado por mi cuenta a la Inspección, y decir que esto es intolerable. No llamé por dos razones:
a) Cobardía: crearme enemigos inútilmente (¿y la ética de la que tanto presumo?) en mi centro y en una Inspección que, dadas las celestiales metas de la legislación, me haría trizas en la primera visita.
b) Inutilidad: un inspector "bueno" conmigo me diría "atienda a la diversidad y adapte el currículum".
El pragmático director traía resuelto el problema, ante un orientador que estaba callado cual señora de la vida hallada en falta. Estos son unos angelitos comparados con un grupo que hubo (que tuvo que ser la leche en bote). Les ponemos fichitas, se estudian los exámenes en clase, los freímos a medidas disciplinarias, y en Junio se ha acabado el curso. Muchos, como tendrán ya la edad de salir por piernas, lo harán encantados, a otros los dispersaremos (para que sean "el malo" del siguiente nivel, y estén más controlados), e imagino que ya habrá previsto un sistema de maquillaje-justificación de las estadísticas. Oficialmente, "Adaptación curricular grupal" (que rima con "brutal").
¿Qué les va a pasar? Que la mayoría no va a aprender absolutamente nada, no ya de conocimientos, sino de habilidades básicas para sobrevivir. Al resto, que las habilidades que traían puestas se le deteriorarán. Desaprenderán, sí. Y yo habré participado de todo ese proceso.
Había casos flagrantes de criaturas cuyo único delito era, dadas sus dificultades, haber elegido un grupo no-bilingüe para entender las asignaturas y seguir avanzando. No sé por qué, si por mantener apariencias o porque ya he dejado varias muestras de lo borde que me puedo poner, pero me comunicaron que iba a venir a mi grupo de tutoría (recuerden, "los buenos") una alumna más. Yo dije que una no, que, desde mi punto de vista, mi grupo podía sacarse adelante, con buena acogida, con más alumnos, aunque fuera menos cómodo de llevar, aunque, ciertamente, solo era mi opinión como tutor, que no vinculaba al resto de profes que pusieran el grito en el cielo ni podía suplantar al director, ante cuyas órdenes me cuadraba.
Pero, entonces, a alguien le entró un ataque de prudencia y decidió que teníamos en el grupo de los "buenos" una alumna emigrante, de origen chino, con un solo año de estancia en España, que trabaja como una posesa pero que tiene una fortísima barrera con el idioma (cierto que nuestra solidaria Administración tiene un programa de Atención Lingüística que sobre el papel es una maravilla, eso sí, perfectamente desconectado del resto de las horas que pasa la criatura en clase, pero, si encima no te lo dan...) Y que mejor iba al grupo no-bilingüe, que así se rebajaban sus problemas por la simplificación, incluso de las instrucciones en español escolar, se quitaba las partes bilingües de encima y no tenía que dar francés. Todo en nombre de una "visión de Centro" diferente a mi "visión paternal" (esta vez, las comillas son de cita). Antes de que me lo dijeran a la cara, yo dije que, al fin y al cabo, la orden no la daba yo.
Es más, he recibido órdenes de mentir y he mentido. Apareció la mamá de la nena y me tocó explicarle la media verdad de que su hija no iba a tener problemas con el inglés si cambiaba de grupo. Pocas veces me he sentido tan avergonzado de mí mismo. Cierto es que todo hubiera sucedido igual sin mí, y que aquella madre estaba sobreconvencida por sí misma de que era una salida para el problema de la niña. Alguien, al expresarle mis sentimientos al respecto, me decía que me lo tomara como un soldado al que mandan matar, a lo que le respondí que para otras cosas me valía la metáfora, pero que esto era un caso de "fuego amigo".
Ahora estoy dando la lata para que el par de casos más flagrantes de semianalfabetismo según criterios de la UNESCO, junto con ella, pasen al menos unas horas en el aula de apoyo especial. Es más, he rogado expresamente que, puestos a trampear, vayan ya directamente a la susodicha aula, mientras se van rellenando papeles. La maestra a cargo no parece mala persona y se jubila este curso, creo que lo mismo colaría. Pero no, ahora hay que esperar a que se cumplan los trámites.
Una excepción. La coordinadora TIC, que como tantos otros, pasa las horas que la Administración le dio para sumergir a los profes y nenes en el aprendizaje digital intentando que la porquería de material electoralista se sostenga en pie y sirva para algo, lleva rebuscándome como loca un ultraportátil, de los destrozados por las inocentes criaturas a las que desde arriba les hicieron creer que tenían derecho de uso y abuso, a ver si combinando las teclas del de la pantalla rota con la pantalla del que está sin teclas, logra algo.
¿Qué me queda? Pasarle material facilito, mostrarle apoyo y rezar a ese Dios que cree en mí, en ella y en las personas que intervienen en todo esto, aunque yo le tenga la puerta con cerrojo echado y llave perdida. Porque, si aparto la vista más de treinta segundos de los que se van a mover, cuando vuelva los ojos me encuentro a tres de pie y enredados en una pelea. No es una de mis hipérbole, advierto.
Este cerebro que, cuando funcionaba, se dedicaba a las abstracciones teóricas, se ha tropezado con que todo lo que aprendió le sirve como unas gafas de aumento de dolor para ver la profundidad de lo que tiene por delante. También para ver la endeblez de la ayuda que se supone que le tenían que brindar los especialistas, y las porquerías de material con que cuenta. Ojalá fuera verdad que yo soy un universitario venido a menos que no entiende aquello que tiene ante sus ojos. Estaría menos agobiado cuando viera que largarle un cuadernito de supuesto autotrabajo a una criatura no la hace recuperar la diferencia con sus compañeros. Le echaría la culpa a que no trabaja, o a la vida, o a...
White trash entre nuestros compatriotas (suponiendo que exista eso que llamamos patria), que los llama un amigo mío. Y lo dice en inglés, y solo en ambientes de confianza, para dejar bien claro que no se conforma ni resigna, pero que tiene ya sabido que la maquinaria le va a torcer el brazo.
[No los puedo llamar "amigos" ni "queridos" sin ensuciar ambas palabras con mi hipocresía] Señores emigrantes: van a venir de todas maneras, porque lo de allí es infinitamente peor, pero no se dejen engañar por las buenas maneras. No aparten la mano de la boca que les muerde, encerrándose en hermetismo, que es lo que están buscando desde arriba y con el aplauso de la mayoría cómplice, entre quienes me encuentro. Pero piensen en sus hijos, y no se conformen con lo que, comparativamente, es un logro. Organícense, pongan un poco de confianza en los grupos que apoyan a emigrantes y, en cualquier lugar, abran un aula de apoyo escolar. Pero no de hacer deberes, sino un aula de resistencia. De adquirir herramientas para tratar de igual a igual a los que no demostramos interés en que puedan competir con nosotros. Gente y lugar encontrarán, que hay quintacolumnistas suficientes: yo conozco unos cuantos.
Porque fíjense ustedes lo que hacemos, por acción u omisión, con los que "nos sobran". De los nuestros. Blanquitos, a lo sumo tostados por los juegos de la calle.
La inmensa mayoría de ellos no tienen exactamente problemas de disciplina: lo suyo es una incompetencia social tan profunda que, cuando se enfrenten al mundo oficial, no van a saber por qué reciben palos por todas partes, y solo van a aprender a convivir con la sumisión al poder de los más fuertes (físicamente, por dinero, o por mecanismos de autoridad). Aprender a palos, como ya ni se adiestra a los perros, si uno quiere eficacia. Y para consolarse, su poquito de violencia gratuita cuando les dejen expansionarse, su Mediaset, el alcohol o las drogas que permita el poder.
En pocas palabras: de treinta adolescentes, solo cuatro o cinco que tienen posibilidades de aprender, cubrir lagunas anteriores y avanzar un poco. Posibilidades que desaparecen por la sencilla razón de que los otros veinticinco, sin culpa, con culpa, e intermedios, viven sumergidos en tal rabia y hostilidad en esta cárcel donde hablamos una lengua extraña a ellos y les exigimos comportamientos que están fuera de su comprensión. Ejemplo: empezando el curso, en mi nunca bien ponderada autosuficiencia y soberbia, les hablé de la necesidad de adquirir unos comportamientos y habilidades básicas, para aprender a defenderse en la calle. Me llevé mi merecido: "en la calle no se habla como tú, se habla como yo hablo". Tocado y hundido. Manolete, si todavía no has sacado conclusiones de tus viejas lecturas de Bernstein, pa qué te metes.
Ahora, metido en este fregado, toca... gestionar el fracaso. Hasta "gestionar" es aquí un eufemismo. El asunto es que hay que pasar el año como sea. Quizá debiera haber llamado por mi cuenta a la Inspección, y decir que esto es intolerable. No llamé por dos razones:
a) Cobardía: crearme enemigos inútilmente (¿y la ética de la que tanto presumo?) en mi centro y en una Inspección que, dadas las celestiales metas de la legislación, me haría trizas en la primera visita.
b) Inutilidad: un inspector "bueno" conmigo me diría "atienda a la diversidad y adapte el currículum".
El pragmático director traía resuelto el problema, ante un orientador que estaba callado cual señora de la vida hallada en falta. Estos son unos angelitos comparados con un grupo que hubo (que tuvo que ser la leche en bote). Les ponemos fichitas, se estudian los exámenes en clase, los freímos a medidas disciplinarias, y en Junio se ha acabado el curso. Muchos, como tendrán ya la edad de salir por piernas, lo harán encantados, a otros los dispersaremos (para que sean "el malo" del siguiente nivel, y estén más controlados), e imagino que ya habrá previsto un sistema de maquillaje-justificación de las estadísticas. Oficialmente, "Adaptación curricular grupal" (que rima con "brutal").
¿Qué les va a pasar? Que la mayoría no va a aprender absolutamente nada, no ya de conocimientos, sino de habilidades básicas para sobrevivir. Al resto, que las habilidades que traían puestas se le deteriorarán. Desaprenderán, sí. Y yo habré participado de todo ese proceso.
Había casos flagrantes de criaturas cuyo único delito era, dadas sus dificultades, haber elegido un grupo no-bilingüe para entender las asignaturas y seguir avanzando. No sé por qué, si por mantener apariencias o porque ya he dejado varias muestras de lo borde que me puedo poner, pero me comunicaron que iba a venir a mi grupo de tutoría (recuerden, "los buenos") una alumna más. Yo dije que una no, que, desde mi punto de vista, mi grupo podía sacarse adelante, con buena acogida, con más alumnos, aunque fuera menos cómodo de llevar, aunque, ciertamente, solo era mi opinión como tutor, que no vinculaba al resto de profes que pusieran el grito en el cielo ni podía suplantar al director, ante cuyas órdenes me cuadraba.
Pero, entonces, a alguien le entró un ataque de prudencia y decidió que teníamos en el grupo de los "buenos" una alumna emigrante, de origen chino, con un solo año de estancia en España, que trabaja como una posesa pero que tiene una fortísima barrera con el idioma (cierto que nuestra solidaria Administración tiene un programa de Atención Lingüística que sobre el papel es una maravilla, eso sí, perfectamente desconectado del resto de las horas que pasa la criatura en clase, pero, si encima no te lo dan...) Y que mejor iba al grupo no-bilingüe, que así se rebajaban sus problemas por la simplificación, incluso de las instrucciones en español escolar, se quitaba las partes bilingües de encima y no tenía que dar francés. Todo en nombre de una "visión de Centro" diferente a mi "visión paternal" (esta vez, las comillas son de cita). Antes de que me lo dijeran a la cara, yo dije que, al fin y al cabo, la orden no la daba yo.
Es más, he recibido órdenes de mentir y he mentido. Apareció la mamá de la nena y me tocó explicarle la media verdad de que su hija no iba a tener problemas con el inglés si cambiaba de grupo. Pocas veces me he sentido tan avergonzado de mí mismo. Cierto es que todo hubiera sucedido igual sin mí, y que aquella madre estaba sobreconvencida por sí misma de que era una salida para el problema de la niña. Alguien, al expresarle mis sentimientos al respecto, me decía que me lo tomara como un soldado al que mandan matar, a lo que le respondí que para otras cosas me valía la metáfora, pero que esto era un caso de "fuego amigo".
Ahora estoy dando la lata para que el par de casos más flagrantes de semianalfabetismo según criterios de la UNESCO, junto con ella, pasen al menos unas horas en el aula de apoyo especial. Es más, he rogado expresamente que, puestos a trampear, vayan ya directamente a la susodicha aula, mientras se van rellenando papeles. La maestra a cargo no parece mala persona y se jubila este curso, creo que lo mismo colaría. Pero no, ahora hay que esperar a que se cumplan los trámites.
Una excepción. La coordinadora TIC, que como tantos otros, pasa las horas que la Administración le dio para sumergir a los profes y nenes en el aprendizaje digital intentando que la porquería de material electoralista se sostenga en pie y sirva para algo, lleva rebuscándome como loca un ultraportátil, de los destrozados por las inocentes criaturas a las que desde arriba les hicieron creer que tenían derecho de uso y abuso, a ver si combinando las teclas del de la pantalla rota con la pantalla del que está sin teclas, logra algo.
¿Qué me queda? Pasarle material facilito, mostrarle apoyo y rezar a ese Dios que cree en mí, en ella y en las personas que intervienen en todo esto, aunque yo le tenga la puerta con cerrojo echado y llave perdida. Porque, si aparto la vista más de treinta segundos de los que se van a mover, cuando vuelva los ojos me encuentro a tres de pie y enredados en una pelea. No es una de mis hipérbole, advierto.
Este cerebro que, cuando funcionaba, se dedicaba a las abstracciones teóricas, se ha tropezado con que todo lo que aprendió le sirve como unas gafas de aumento de dolor para ver la profundidad de lo que tiene por delante. También para ver la endeblez de la ayuda que se supone que le tenían que brindar los especialistas, y las porquerías de material con que cuenta. Ojalá fuera verdad que yo soy un universitario venido a menos que no entiende aquello que tiene ante sus ojos. Estaría menos agobiado cuando viera que largarle un cuadernito de supuesto autotrabajo a una criatura no la hace recuperar la diferencia con sus compañeros. Le echaría la culpa a que no trabaja, o a la vida, o a...
White trash entre nuestros compatriotas (suponiendo que exista eso que llamamos patria), que los llama un amigo mío. Y lo dice en inglés, y solo en ambientes de confianza, para dejar bien claro que no se conforma ni resigna, pero que tiene ya sabido que la maquinaria le va a torcer el brazo.
[No los puedo llamar "amigos" ni "queridos" sin ensuciar ambas palabras con mi hipocresía] Señores emigrantes: van a venir de todas maneras, porque lo de allí es infinitamente peor, pero no se dejen engañar por las buenas maneras. No aparten la mano de la boca que les muerde, encerrándose en hermetismo, que es lo que están buscando desde arriba y con el aplauso de la mayoría cómplice, entre quienes me encuentro. Pero piensen en sus hijos, y no se conformen con lo que, comparativamente, es un logro. Organícense, pongan un poco de confianza en los grupos que apoyan a emigrantes y, en cualquier lugar, abran un aula de apoyo escolar. Pero no de hacer deberes, sino un aula de resistencia. De adquirir herramientas para tratar de igual a igual a los que no demostramos interés en que puedan competir con nosotros. Gente y lugar encontrarán, que hay quintacolumnistas suficientes: yo conozco unos cuantos.
Porque fíjense ustedes lo que hacemos, por acción u omisión, con los que "nos sobran". De los nuestros. Blanquitos, a lo sumo tostados por los juegos de la calle.
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Francamente, si ha captado la facilidad con que mi ánimo se encrespa, imagino que entenderá que modere comentarios. Aunque año y pico de una experiencia anterior no me ha obligado a censurar ninguno, nunca se sabe.