Muchos años bromeé con un amigo del alma, por su enciclopédico entender acerca de lo que yo llamaba "poetas menores" de los Siglos de Oro. Básicamente era cosa de cruzar pullas banales pero divertidas, cuando el mundo era tan nuevo que la ruindad, la mezquindad, la mentira y la vana prepotencia no nos habían mostrado su deforme rostro de sonrisa sarcástica.
Ahora mismo, completamente caído, con cada célula del cuerpo y el alma cansados de gritar contra la arbitrariedad de un mediocre en un puesto intermedio que ha decretado como nulo el trabajo honrado y leal, recuerdo a Bartolomé Luis de Argensola:
«Dime, Padre común, pues eres justo,
¿por qué ha de permitir tu providencia,
que, arrastrando prisiones la inocencia,
suba la fraude a tribunal augusto?
»¿Quién da fuerzas al brazo, que robusto
hace a tus leyes firme resistencia,
y que el celo, que más la reverencia,
gima a los pies del vencedor injusto?
»Vemos que vibran victoriosas palmas
manos inicuas, la virtud gimiendo
del triunfo en el injusto regocijo.»
Esto decía yo, cuando, riendo,
celestial ninfa apareció, y me dijo:
«¡Ciego!, ¿es la tierra el centro de las almas?»
En paz descansen la verdad, la lealtad y la honradez.
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Francamente, si ha captado la facilidad con que mi ánimo se encrespa, imagino que entenderá que modere comentarios. Aunque año y pico de una experiencia anterior no me ha obligado a censurar ninguno, nunca se sabe.