De entrada, ni puñetera idea de si esto es antropología (que suena bonito), sociología (que parece solemne) o semiótica de la cultura al lotmaniano modo (que es el material base que he pervertido).
Un sistema multicultural, muy al contrario de la metáfora (a veces hueca) de "cultura-mosaico" tiene un aspecto siniestro. En aquel parque de Londres por el que paseábamos (no es que no pase aquí, es que allí se me ocurrió) se podía ver a grupos de toda etnia pasear cada vez que asomaba un rayito de sol. Sin embargo, era curioso observar lo compacto de los grupos, su uniformidad indumentaria (no tan frecuente cuando se dan noticias desde sus lugares de origen) y una discreta distancia entre ellos. La guía señalaba a veces el comienzo y el final de sus "territorios" según barrios.
Y es que me temo que, en un no-sistema multicultural, que se mantiene sujeto por el débil cemento de la estructura sociopolítica (y policial) dominante, hay más obsesión por preservar las fronteras que el propio contenido de la cultura, que a su vez es considerado como un depósito inamovible de referencia para legitimar las conductas. En esta ficción de cultura (pues, al carecer de permeabilidad, no se puede hablar de fronteras culturales internas), las celdas se sellan, bien por "compresión" de un exterior hostil (vamos, discriminación), bien por implosión de los códigos (o sea, fundamentalismo). Frecuentemente, la incomunicación provoca que ambos factores alternen y se realimenten.
[Ya no tengo más que decir que por lo menos se acerque a pensar en serio, pero como queda hora y deben de haber hecho buenas chuletas y siguen copiando modositos, me recreo en la chorrada:]
Estas celdas culturales generan un movimiento fuertemente centrípeto, protegido por el aislamiento (si no, atraería elementos "extraños" y "desestabilizadores" de la rigidez del sistema), que favorecen a su vez la incomunicación y los fanatismos, es decir, la conciencia de neta superioridad y la tendencia al pensamiento único. Es más, juraría que los líderes fanatizantes tienen más de producto que de causante de la situación. Las aperturas son vistas como riesgo de pérdida por la destructora fuerza centrífuga que se supone que existe al exterior de la celda.
Otra de las características es la ignorancia consciente y hostil de la existencia de estructuras culturales más amplias. No me refiero a que haya otras celdas más "importantes", ni siquiera a la que lleve la voz policial cantante, sino que luchan por extirpar de las mentes la posibilidad de filtrar e incluso "purificar" (que ya sería una concesión) lo procedente de otros. Me estoy refiriendo a la dinámica de procesos de crecimiento, desarrollo y modificación inherente a una cultura digna de tal nombre, De cómo, sin renunciar a los fundamentos de la propia cultura, se pueden reinterpretar los conjuntos de significación de otros.
Ahí duele. Definen estas celdillas lo no-propio como un "otro" hostil al que, si se está en situación de inferioridad económica, se le tratan de arrebatar los bienes por la supuesta inferioridad que tiene (a veces ese "otro" es un descarado explotador, otras no). Los males son, en ese caso, culpa exclusiva de la incomprensión culpable atribuida al "otro". Y quien no haya oído una historia de emigrante español listo que tomó el pelo a los jefes/proveedores, que lance la primera tuerca.
El conjunto, a pesar de lo que pueda aparentar, carece de capacidad de crecimiento por sinergia, y los aparentes y únicos avances son los debidos al funcionamiento de la celda dominante, con un resto de celdas que le suponen lastre.
Una postura intercultural, conscientemente permeable, no implica la aceptación acrítica del otro, sino, antes bien, un cuidadoso trabajo de encaje e integración que poco tiene que ver con un eclecticismo de salón. Precisamente, esa cuidadosa labor implica la creolización cultural, lo cual hace que se transformen los contenidos, se recreen nuevas fronteras, esta vez permeables, y podamos hablar se sistemas culturales.
Pero esto difícilmente ocurre, pues se carece de deseo, por parte alguna, de pasar de la coexistencia a la convivencia. La interculturalidad implica, en primer lugar, establecer el lenguaje común de un cauteloso intercambio de información, cosa que olvidan los bienintencionados que creen en la generación espontánea de la buena voluntad.
No serán bienvenidos los sarcasmos, que ya sé que esto es diletantismo barato para entretener una hora, a la espera de que el ansiolítico haga efecto.
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Francamente, si ha captado la facilidad con que mi ánimo se encrespa, imagino que entenderá que modere comentarios. Aunque año y pico de una experiencia anterior no me ha obligado a censurar ninguno, nunca se sabe.