No, no la disfruten: escúpanla a la cara de tantos y tantos, especialmente, de los demócratas y tolerantes de salón. Incluyan en ellos al directivo de mi nuevo instituto que me dio todo tipo de largas burocráticas ("Eso hay que consultarlo con el coordinador Periquito...", "a ver si entre los proyectos que tenemos...") cuando le dije que si en el pasillo de la sala de profes donde, entre miles de carteles enmarcados contra la discriminación, y bajo uno que ponía
"Yo soy VIH+",
yo traía, pagado cartel y marco de mi bolsillo, uno que ponía:
"Yo padezco un transtorno mental".
Eso sí, todos muy progres, coeducativos, militantes contra el maltrato...
Por cierto, recuérdenme que les cuente los obstáculos y la neutralización, por parte de tan progresista centro, de mi intento de dedicar una hora "tonta" a dar de leer y escribir a esos chicos que, no beneficiados del microscópico censo que la Junta de Andalucía considera aptos para entrar en un aula de apoyo, resulta que tienen doce años y NO SABEN LEER NI ESCRIBIR.
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Francamente, si ha captado la facilidad con que mi ánimo se encrespa, imagino que entenderá que modere comentarios. Aunque año y pico de una experiencia anterior no me ha obligado a censurar ninguno, nunca se sabe.