¿Jóvenes? Servidor, con treintaitantos entonces, aspecto formal, la clavícula derecha rota y el consiguiente brazo en cabestrillo, dado que era Enero, decide recurrir a un abrigo, que ofrece el espectáculo de su manga vacía al aire. Tenía que tomar con cierta frecuencia el autobús, en horas laborales (los jóvenes estaban en el instituto o drogándose, o pegándole a sus madres), mientras que la gente "de orden" y edad me veía hacer malabares para validar el bono y sujetarme a la barra que pillara. Escasísimas ocasiones de oferta de asiento. Casi siempre por personas que, a ojo, iban a estar peor que yo de pie, y a quienes agradecía, declinándola, la oferta.
La guinda fue el día en que, en los asientos para personas con discapacidad, estaba sentado un "padre" (de aspecto convencional, ojo) con sus hijos, al que estuve mirando fijamente media hora al menos, prácticamente a su lado.
¿Por qué no le pregunté qué clase de educación estaba dando a sus hijos, no ya moral, sino en cumplimiento de las ordenanzas municipales? Muy sencillo: mi brazo izquierdo lo necesitaba para sujetarme a la barra y no sé dar patadas giratorias a lo Chuck Norris, para defenderme del guantazo que me hubiera propinado semejante señor (aunque abultara menos que yo), que desgraciadamente no es la excepción, sino la regla.
Es más, no recuerdo en qué libro de Díaz-Plaja, y ya estaba viejo cuando lo leí con 18 años, recordaba la táctica de la madre que mandaba a los niños en plan comando a pillar dos asientos espatarrándose, mientras ella mercaba los billetes de autobús.

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Francamente, si ha captado la facilidad con que mi ánimo se encrespa, imagino que entenderá que modere comentarios. Aunque año y pico de una experiencia anterior no me ha obligado a censurar ninguno, nunca se sabe.