martes, 5 de enero de 2016

Amicius Plato, sed magis amica veritas.

En plan compadre: "Yo amiguísimo de Platón, pero la verdad es más amiga mía.

En cambio, a mí, Platón me cae como un tiro. Lo tengo formalmente acusado de provocarme un ataque de fanatismo autodestructivo que me duró siglos y que ha dejado cicatrices indelebles en mi existencia.

Probablemente, la criatura no tuviera la culpa, pero a los 18 mi lema era: "para mí el mundo de la Ideas es más sólido y consistente que el de la realidad tangible. Y ahora calculen una vida posadolescente montada sobre esos presupuestos.

El peor sitio para guardar un secreto es un instituto. Un día en que solamente pedía silencio para trabajar, no vigilaba un examen de bachillerato (voy a tener que empezar a hacerlo, a ver si dejan de copiar estupideces y les da por emplear la cabeza, con lo que podré aprobar a alguien que se moleste en pensar que no puede copiarme la chuleta sobre la vida del [supuesto] Arcipreste de Hita en la respuesta a la originalidad de Jorge Manrique), me dio por abrir un archivo del PC que se habían dejado encendido, donde había unos apuntes de Filosofía.

Justo castigo por cotilla. Platón por un tubo. Entre otras cosas, un primer folio de panegírico altisonante y hueco que no llevaba a ninguna parte, y en el que citaba como fuente de actualidad esa basura llamada Más Platón y menos Prozac, que, dentro de los libros de autoayuda, que no desprecio en absoluto, rompe totalmente con la regla: por malo que sea, la idea que se plantea el autor para hacerte la vida más feliz es una, concreta y simple. Luego será buena, mala, así o asao... En el caso de esto es una mezcla de aforismos de filósofos, perfectamente incompatibles entre sí, que se supone que hay que sacar en según qué casos.

Ahora es el momento de sacar al platónico. La primera en la frente: reunión en la que se refiere displicentemente a las bases científicas en que baso mi enfoque de la asignatura. En un aparte, me pide la tutora que no saque conclusiones precipitadas (lo malo es que, tras tres meses, sigo recibiendo muestras de ello). La segunda: acepto apuntarme a una salida al teatro que ni fu ni fa, aunque me sirvió para asomarme al corazón de la tiniebla (Conrad, Conrad) o a las tinieblas de los corazones que laten en el lugar.

Pero, días antes, en un aparte de sala de profesores, al expresar cómo se me daba un ardite la normativa de andar por casa, en función del respeto a la ciencia y a la misión de enseñar, el mismo me aconsejó prudencia, que no sabía con quién podía estar hablando. Desde luego, como no sea agente del CNI, no sé en qué me va afectar, porque estar de profe raso en un centro de barrio y no en un despacho oficial o en una empresa que maneja contratos oficiales no es que revele grandes oportunidades de poder...

Si no fuera por lo ridículo que suena en mi boca (y en cualquiera), le hubiera soltado aquello de "eso no lo habia oído desde pequeño, que Franco seguía vivo".

Eso sí, he decidido empezar a medicarlo contra la displicencia. Por lo menos, que la exprese a mis espaldas. Bastante tengo con soportarme mi propia chulería como para aguantar la de otro en mi vida. Ya me ha examinado de Wittgenstein, al que recita pero no ha entendido, a Platón no me presenté por lo antedicho, y, tras decir que se había leído todo Freud (lo mismo esa es la causa de que esté así), como no me ha preguntado, no sé si me ha pospuesto el examen. Un día antes, me preguntó, ante otro compañero, tras dejar claro que todos evolucionamos, si me había moderado con la edad, a lo que respondí: "el tiempo me ha vuelto de moderado en incendiario y aquí estoy, con la lata de gasolina en la mano". No le dio tiempo más que a poner cara de divertido, mientras me pareció que el compañero se sonreía ante la sorpresa del ingenioso mientras se concentraba repentinamente ante su ordenador.

Pero, mira por dónde, saco a colación a Teresa Bejarano y, sin rebozo, empieza a crucificarla, hasta que le recuerdo que probablemente nadie de la Universidad de Sevilla tiene nada publicado en la Johns Hopkins, salvo ella, aparte de la aportación que supuso su tesis, y su doble matrícula de honor en los bachilleratos de Ciencias y Letras simultáneos. De camino, aproveché para recordar, ya que había mencionado despectivamente el "desastre de mujer" que era, las risas de los niñatos de 3º de mi promoción, al juzgar solamente su aspecto exterior.

Lo mismo tiene razón, y conviene saber con quién está hablando uno, por fea que suene la frase.

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Francamente, si ha captado la facilidad con que mi ánimo se encrespa, imagino que entenderá que modere comentarios. Aunque año y pico de una experiencia anterior no me ha obligado a censurar ninguno, nunca se sabe.