Lo pongo en forma de enumeración, o se me apolillan las ideas.
- Llegué cumpliendo las condiciones que me pusieron para ser profesor.
- Cuando aterricé, se me obligó a besar el suelo por donde pisaban los héroes del los Movimientos de Renovación Pedagógica (por cierto, yo no sabía que eran tantos, ni que se convertía en héroe uno que era primo de un amigo de uno que fue a un cursillo en el que alguien explicó una forma alternativa).
- Entonces, llegó la Reforma, y reformaron. Parte de los héroes de los MRP reformó sus condiciones de vida, escalando en los puestos de la pujante y nueva Consejería de Educación, aunque lo que se dejaron sin reformar fueron los métodos dictatoriales y tridentinos con que se imponían las cosas. Otra parte, que no "pilló cacho", reformó su actitud, combinando su lucha contra las altas esferas con el desprecio y pisoteo de los que vinimos después, y eso que no nos había dado tiempo a abrir la boca. Un tercer sector reformó su optimismo en el cambio y descubrió que no le quedaba otra que seguir trabajando bajo la represión, eso sí, reformando las formas de resistir porque los de arriba conocían los anteriores métodos de resistencia.
- Se experimentó la Reforma. Se destinaron cuantiosos fondos al asunto, pero todavía nadie ha mostrado una sola publicación en la que se demostrara, aun con estadísticas falseadas, las mejoras. Todo se tapó bajo la manta de una "evaluación cualitativa", que no era ni lo uno ni lo otro. Como en aquel antiguo artículo de Unamuno sobre el tipo que le metía mano a una chavala por la calle, las pegas eran tapadas como aquel chulo calló al padre: al grito de "Fascista!". Alguno era un poco más fino, y te llamaba "academicista" y "antipedagógico" (como si hubiera estudiado algo sobre la materia el insultante).
- A la llegada de la Reforma, empezó el bombardeo, por cierto, nada "selectivo". Todo cursillo, conferencia, etc., comenzaba por una enmienda a la totalidad no de los métodos anteriores, sino de la condición mental, actitudinal y moral de los que estábamos allí. Cada vez que señalaba alguien una pega, la rociada de insultos era vergonzosa, tanto más fuerte cuanto más fundada en tu materia o en la teoría didáctica estaba. Lo segundo era más peligroso, porque entonces tenías, además, el "fuego amigo" de los que estaban sentados a tu lado. El cursillo seguía por una explicación estilo Ripalda de lo que tenías que hacer, decir, pensar, un vocabulario esencial (aunque el ponente no tuviera repajolera idea de las implicaciones teóricas y técnicas de cada término), y finalmente, una sesión de anatemas. Obviamente, los insultos salpimentaban el discurso entero, que culminaba en las amenazas (en aquel entonces difusas, pero ciertas) a quien se desviara del cumplimiento de las consignas libertadoras.
- Aunque el resultado estaba ya decidido, llegó la guerra civil, ganas de marcha que tenía la gente. Los centros fueron un permanente Stalingrado durante años. Lo más doloroso para mí fue la denigración del pensamiento y del estudio. Guantazo por antididáctico si hablabas desde los presupuestos de tu materia y lo que creías que aportaba a tus chavales, o cómo conectar con ellos a través de un replanteamiento teórico. Guantazo doble si se te ocurría tirar de un libro de pedagogía o psicología. Porque, quede claro, para ambos bandos no había más psicopedagogía que la que aparecía en las toneladas de fotocopias, emitidas desde las alturas, que circulaban. Juntitas y empaquetadas, hubieran servido para destruir Guernica sin gastar un gramo de explosivo, solo por la fuerza de la gravedad.
- Cuando la mitad de mi pre-generación de profesores logró aplastar moralmente a la otra mitad (nosotros no pintábamos nada, tú calla y métete en clase, que para eso cobras, nos decían ambos bandos), empezaron las disfunciones del sistema. Aquel proyecto de lujo había que ejecutarlo con una economía de guerra, y los maravillosos recursos de apoyo se convirtieron el la orden tajante: "apóyelos usted", "atienda a la diversidad". Qué curioso, ahora se acababa el tuteo, cuando tocaba sacar de la nada los recursos, porque las cosas tenían que hacerse. Ahora empezaba el escalafón a funcionar, y las amenazas de expedientarte, y los requisitos hasta para entrar a mear más de dos veces al día...
- Nos cambiaron las reglas a mitad de partido, nos quieren imponer su práctica quienes jamás las usaron, pero, con el paso de la clase al despacho se "iluminaron", y, nosotros, que no tenemos estómago para trasladar la mala leche que ellos nos trasladan desde las presiones que les hacen. Como un viejo profesor dijo: "generación puente": pisados por arriba, mojados por abajo.
- Y, encima, si, vocación o no vocación, que hay mucha demagogia y sentimentalismo barato, se te revuelven las tripas cuando tienes delante aun chaval carente de las habilidades sociales y culturales más elementales, y tú las tienes y no pierdes nada porque él las adquiera.
- Y ahí empieza todo aquello para lo que no me entrenaron, pero que tampoco quieren entrenarme ahora, porque sería reconocer que están mintiendo con lo de los contingentes de especialistas que no hay y con que los planes de choque se resuelven con órdenes incumplibles, o meramente cosméticas, o acompañadas de cursillos en los que hay que espigar para encontrar una cosa interesante (por teórica sólida o por aplicable) entre una manta de experiencias que solo le salen a un tipo y que han fallado en quinientos sitios, o que tenía permiso para arrasar con todos los demás requisitos del inspector de turno.
- A modo de listita de necesidades de emergencia:
- Bases neurológicas de la lectoescritura (y no me digan que sirve lo que dan en Magisterio o en Psicopedagogía, que me da la risa, salvo que pillen una cuatrimestral con un tipo enrollado que se haya leído el ciento y la madre de textos y haya extractado el núcleo duro).
- Procesos de rehabilitación lectoescritora, en tres ámbitos:
- Alumnos con problemas en cura o no curados.
- Alumnos que han tirado la toalla y ya tienen deteriorada, por el paso del tiempo, la capacidad.
- Alumnos que sufren retraso curricular simple.
- Trabajo con alumnos que padecen algún tipo de deficiencia cognitiva o trastorno mental (que no me toquen las gónadas con los discursos inclusivos, esos ya me los estudié por mi cuenta en su momento, y ahora muerdo cuando el tiparraco de turno intenta venderme la moto en versión anticientífica).
- Trabajo con alumnos que sufren patologías de orden sociocultural (mismo paréntesis del anterior)
- Trabajo con alumnos emigrantes y sus dificultades con el idioma (y ruego que nadie me saque la basura de "programas", que los hay a patadas, pero dispersos en las diecisiete taifas, sin organizar, y sin atender a la formación de todos los profesores que van a lidiar con esa criatura para no convertirlo en un excluido comunicativo).
- Técnicas de modificación de conducta en ambiente heterogéneo (de las otras me las sé todas, me leo todo lo que me suministran, y mis fuentes ya saben que no cuelan tres paginitas con un recetario. De hecho, las fuentes de aprendizaje que últimamente tengo son:
- las tres psicólogas que forman ya parte de esta etapa de mi vida (el tercero es un zángano que me ve aparecer y huye, pero al que tengo tan presionado que se defiende soltándome documentos, que, para su desdicha, me leo y le obligo a cumplir en la parte que le toca, además de llevarle los niños medio diagnosticados -con el coraje que me da de hacer de psicopedagogo aficionado y meter las narices donde no entiendo-)
- el etólogo que se está ocupando de enseñarnos a reeducar y convivir con Booker, que es un coco de lo más interesante, y que se fue a los Estados Juntitos a hacer un máster (de los de verdad), de donde se vino con un conductismo (con bichos, por ahora, no vale el psicoanálisis, ni los enfoques cognitivos con ellos) de nuevo cuño, con una fuerte impronta sistémica. De hecho, es infinitamente menos agresivo (y eficaz a tope) con el perro de lo que estamos siendo en los institutos, y el bicho se vuelve una malva con cada técnica. Pero, teoría aparte, no me siento capaz de traducir sus técnicas, que no puedo aplicar a grupos, que es con lo que trabajo a diario.
- Modelos de reencuadramiento del sistema de enseñanza aprendizaje en forma de resistencia activa frente a los "educadores externos". En román paladino: que me digan cómo hago para que mi opinión en clase sobre la necesidad de expresarse con corrección "pese" un poquito más que la Belén Esteban.
- Cosas tan tontas como un manual de disortografía, en el que alguien me enumere los factores que inciden, aparte de los que me sé por experiencia pura y dura: el retraso curricular (que ya casi lo adivino), los trastornos disléxicos, que ya me los confirma el especialista (chulerías aparte),la falta de lectura, y la disolución/debilitamiento de oposiciones fonológicas, ya sean de origen dialectal o diastrático. Me falta el resto de panorama congnitivo y el conductual.
- Y otros millones de misterios tontos, que no sé cómo manejar, pero se me apolilla el post. Aunque no sé qué tal de tontos, que cuando planteo alguno de ellos me encuentro con un espeso silencio en el preguntado.
Que, a estas alturas de la película, con algún compañero que ha decidido aliarse con lo peorcito de la generación anterior, y esperar a que la jubilación llegue, yo sigo dispuesto a que me re-preparen. El único problema que tienen conmigo es que no soy un opositor a la espera de caerle bien a las directrices que sigue, por su gusto o no, el tribunal, ni un profesor en prácticas, de cuyo "sí, señor" depende tener o no con qué sustentarse él y los suyos: no tolero estupideces ni demagogias.
EXIJO una base teórica seria, con conexión demostrada a prácticas factibles, que no sea una carga extra a lo de siempre, sino que reformule los problemas. Y que combata contra los "educadores externos, que son los que marcan la pauta.
El resto, y fíjense bien en que he englobado a propósito el maremágnum legislativo en "La Reforma" (que ni siquiera fue el nombre completo del principio del invento), solo me parece una monumental estafa. Es más. Me recuerda un escándalo médico de finales del franquismo en el que un contubernio de empleados de un laboratorio, con algunos médicos y farmacéuticos "recetó", "fabricó" y "trató" con una supuesta penicilina que no llevaba más que los excipientes, y malos. Se descubrió porque un frasco se desvió accidentalmente y un "practicante" de la época dijo que aquella porquería grumosa que se formaba en el frasquito no la pinchaba, y lo mandó al laboratorio municipal.
Aquí estamos zampando talco por vía endovenosa a una generación entera. Del desastre absoluto solo nos salva que los jóvenes llevan el aprender en la sangre, y hay algunos que se dan cuenta de ello, a pesar de la morfina mediática. Pero estamos dejando un reguero de cadáveres a mayor gloria de la Europa de las dos velocidades y de los listillos de vía estrecha.
Me he dejado atrás a los profesores de la Generación Y a propósito, porque para eso tienen este post.
Y no, no me lavo las manos. No me dejaron (ni me dejan decidir), pero siento asco por mí mismo, por cada vez que no di un puñetazo en la mesa, por cada vez que no reventé un cursillo falsificado, por cada vez que no me enfrenté a un inspector exgiéndole garantías científicas y no órdenes, u órdenes por escrito.
Y. sí, hay gloriosas excepciones, a un lado y a otro de mi generación. Pero eso hoy no tocaba.
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Francamente, si ha captado la facilidad con que mi ánimo se encrespa, imagino que entenderá que modere comentarios. Aunque año y pico de una experiencia anterior no me ha obligado a censurar ninguno, nunca se sabe.